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Tema de la Semana
El padre que supo perdonar
En la Biblia encontramos una historia que Jesús contó para ilustrar el amor increíble que Dios tiene por nosotros, y el poder del perdón:
Había un padre que tenia dos hijos. El padre era un rico terrateniente, muy respetado en su pueblo. Un día, su hijo menor le pidió su parte de la herencia, algo que era totalmente fuera de lo común. ¡Era como decirle al padre que quisiera que estuviera muerto! Sin embargo, el padre dividió sus posesiones entre sus dos hijos, así como él se lo había pedido.
Casi enseguida, el hijo menor tomó todas sus pertenencias y se fue a un país lejano. Allí vivió una vida descuidada, gastando toda su herencia. Cuando se le acabó el dinero, el país pasó por una época de hambre durante la cual el joven no tenía nada. Estaba tan desesperado, que aceptó trabajar en una granja alimentado a los cerdos, donde ansiaba poder comer los marlos de choclos que eran para los cerdos. No veía salida ni esperanza para su vida.
Tan desesperada era su situación, que finalmente tocó fondo, y recapacitó. Recordó a los trabajadores en la estancia de su padre que recibían tres comidas al día. Entonces decidió regresar a su casa y pedir que lo contrataran como a un trabajador más. Planeó con cuidado lo que le diría a su padre: “Padre, he pecado contra Dios y contar ti. No merezco ser llamado hijo tuyo. Tómame como empleado”. Dolorido, hambriento, y arrepentido de su egoísmo, volvió a la casa de su padre.
Su padre lo estaba esperando. Cuando todavía estaba lejos, el padre lo vio venir, y salió corriendo a su encuentro. Como hombre respetable y mayor que era, no era bien visto que corriera, pero él corrió para abrazar a su hijo perdido. Con el corazón latiéndole fuerte corrió hasta él, lo abrazó, y lo besó. El hijo comenzó a decir lo que había ensayado, pero el padre no quiso escucharlo, sino que llamó a sus sirvientes para que trajeran el mejor manto y se lo pusieran al hijo. ¿Quién creen que tenía el mejor manto en la casa? El padre. Él quería que su hijo fuera cubierto con su propio manto. Luego le puso un anillo en su dedo. Ese anillo tenia el sello de la familia, con lo cual identificaba al joven como parte de la familia, y no un empleado. También le hizo traer sandalias (los sirvientes andaban descalzos). Finalmente, ordenó que se hiciera una fiesta. “Mi hijo estaba muerto y ahora está vivo”, dijo, “Estaba perdido y ahora lo he encontrado”.
¿Se acuerda que dije que había dos hijos? El hijo mayor estaba trabajando en el campo cuando escuchó todo el alboroto, por lo que llamó a uno de los sirvientes y le preguntó qué estaba pasando. El sirviente le dijo: “tu hermano ha regresado y tu padre ha matado a un ternero gordo porque él esta de vuelta sano y salvo”. El hermano mayor salio enfurecido y se rehusó a unirse a la celebración. Su padre trató de convencerlo, pero él no quiso escucharlo. Muy enojado le dijo a su padre: “Durante años he estado aquí sirviendo, sin darte ningún tipo de problemas. ¿Acaso has dado alguna fiesta para mi y mis amigos? Pero mi hermano aparece, después de haber malgastado tu dinero en prostitutas y tú haces una gran fiesta para él”.
Seguramente el padre se entristeció porque el hijo mayor no comprendía. Le recordó al hijo que ellos estuvieron juntos todo el tiempo, y que todo lo que era del padre, era también del hijo. Ahora era tiempo de celebrar. “ ¡Tu hermano estaba muerto, y ahora está vivo! ¡Estaba perdido, y ahora lo hemos encontrado!” Esta parábola se encuentra en Lucas 15:11-32
Esta historia que Jesús nos contó nos presenta una preciosa imagen de lo que es el amor y el perdón inmerecido. Ella ilustra el amor que Dios tiene por nosotros. Nuestro egocentrismo hace que nos alejemos de Dios, pero Él continua cuidándonos, corriendo a nuestro encuentro, para traernos de vuelta a su familia. Hemos malgastado muchos de los regalos que Dios nos ha dado, pero sus brazos siempre están abiertos para recibirnos con amor y perdón.
La historia también nos muestra lo malo del no perdonar. En vez de compartir la felicidad de su padre y de su hermano, el hijo mayor se llenó de tanta envidia y resentimiento, que no pudo disfrutar de la alegría de la familia, amigos, y empleados que celebraron el regalo del perdón. Quizás finalmente, luego de la conversación con su padre, haya comprendido la razón de la fiesta y se haya unido a ella, o quizás se haya quedado afuera, sintiéndose incomprendido y no dispuesto a perdonar.
No es fácil perdonar. Para poder perdonar tenemos que dejar de lado nuestra indignación y valorar a la persona que nos ha lastimado o herido. Para perdonar tenemos que ser humildes. El padre de esta historia, con sus brazos extendidos en aceptación y perdón, dispuesto a humillarse por amor a su hijo, me recuerda a otro hombre que también extendió sus brazos con un amor inexplicable, aun cuando experimentó una muerte humillante, porque estuvo dispuesto a perdonar.
“Perdonar es...dar y recibir” (#6BS11)
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